El reconocimiento de la propia experiencia

“Sabe más acerca del grano de mostaza aquel que ha probado un grano, que el que ha estado toda la vida viendo pasar delante de su casa caravanas de camellos cargados de granos de mostaza” (Proverbio árabe)

Considero que es vital saber estar en contacto pleno con la propia experiencia y me encuentro con que tenemos importantes dificultades para ello. Muchas veces, aquello que experimentamos no es una evidencia para nosotros mismos y desconfiamos de lo que vivimos sin poder reconocerlo como propio o sin ser capaces de valorarlo. Así se agranda nuestra ignorancia acerca de nosotros y del mundo, pues nuestra principal vía de conocimiento y de relación, que es nuestra experiencia, queda parcial o totalmente destruida. De ello habla de forma muy elocuente el psiquiatra Ronald Laing en su libro “La política de la experiencia”.

Como antídoto, tenemos la posibilidad de potenciar nuestra capacidad de darnos cuenta. Sabemos que esta es una cualidad propia de todos los seres vivos. En el ser humano reviste una gran complejidad, en buena medida porque las características de su sistema nervioso posibilitan que pueda tomar distancia respecto de sí mismo. Esto conlleva una división interna que puede facilitar determinadas disfunciones. Pero, por otro lado, gracias a que podemos vernos desde fuera, por así decir, nos es posible desarrollar las capacidades de autoobservación y de reflexión. Todo esto supone que podemos relacionarnos con nosotros mismos, además de con otras personas y con todo lo que nos rodea.

Las ocasiones para darnos cuenta son infinitas, nos las brinda la vida misma a cada momento. Claro que hay que estar presente, hay que saber estar aquí, estar en lo que se está. Entonces nos encontramos con que experienciar y darse cuenta son en cierto sentido lo mismo, no existe lo uno sin lo otro. Sentir, vivir ¿acaso pueden darse sin conciencia de lo vivido? El hecho de percatarnos de algo ¿no es en sí mismo una experiencia?  Pero también podemos estrechar los márgenes de nuestra conciencia y captar justo lo que nos permite ir tirando, sobrevivir.  En ocasiones esto es todo cuanto podemos hacer. El problema viene cuando se convierte en un hábito, un sistema de funcionamiento en el que el hecho mismo de ser conscientes es algo que, de tan obvio, lo obviamos y no podemos utilizarlo adecuadamente. Bueno es cuando nos percatamos de ello. 

Dice Goethe, «¿Qué es lo más difícil? Poder ver con los ojos lo que a la vista tienes». De donde primero recibí esta idea fue de la Gestalt y particularmente de Fritz Perls quien definió la neurosis, entre otras maneras, como la incapacidad de ver lo obvio. Perls resaltó de forma vívida que somos y tenemos nuestra capacidad de darnos cuenta, mediante la cual podemos orientarnos en la vida, aprender y desarrollarnos. Esto supone estar en contacto con nosotros y con nuestro entorno y requiere un desaprendizaje de las propias distorsiones perceptivas y cognitivas.

La Terapia Gestalt propone algo tan fundamental como restaurar la aptitud de darse cuenta y estar en contacto con la propia experiencia, pues constituyen nuestro principal apoyo. Las experiencias más intensas y reales se dan con un darse cuenta intensificado a la vez que abierto. Abierto quiere decir en este caso no estar fijado a expectativas ni juicios. Sin duda, lo más interesante tiene lugar aquí. 

Inés Martínez
(2001, revisado y corregido en 2023)

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