Oculto azul

Deva vivía sola en el bosque. El recuerdo de haberse perdido, un vago y extraño recuerdo, había quedado sepultado entre la maleza. Comía frutos, plantas y algunos animales que había aprendido a cazar y a pescar. Se vestía con pieles de animales que ella misma había conseguido o que se había encontrado abandonadas entre huesos sin carne. Sabía defenderse de ser alimento encaramándose a los árboles, hasta las ramas altas, donde a veces se quedaba a dormir, o cobijada en una cueva, en cuya entrada encendía un fuego.

Conocía bien las rocas y guaridas, los matojos, las sendas y las estrellas. Conocía también el reflejo en los riachuelos de su misma cara, que se descomponía en ondulaciones apenas las aguas se movían.

Una noche de invierno, mientras miraba el resplandor del fuego, como a veces hacía, susurró unas palabras. No eran las primeras, pero esta vez sus palabras formaban una pregunta. Las repitió más alto, escuchando cómo sonaba su voz, que subía y bajaba con aires de melodía:

«¿Por qué no encuentro a nadie como yo, igual que veo tantos lobos, hormigas, aves?»

Por tercera vez hizo la misma pregunta, ahora a través de las llamas, hacia el exterior de la cueva. Ese pequeño canto ese convirtió en su compañía los días en que un anhelo desconocido la venía a visitar. Y con el canto fue descubriendo que su voz se hacía más grave.

A partir de entonces, en sus momentos de quietud, Deva se quedaba mirando hacia lo alto, más allá de las copas de los árboles, más allá de la luna, y empezó a ver en algún claro del bosque azules que nunca había visto, una negrura más honda e infinidad de estrellas que despuntaban entre las ya conocidas.

Su corazón aleteaba cuando reconoció la Estrella Solitaria, apuntando al norte.

Una mañana decidió ir a buscar la salida del bosque, cuyos confines parecían hallarse muy lejos. Cogió la estaca que había afilado hasta convertirla en rudimentaria espada y echó a andar persiguiendo, quizá, una quimera. Por primera vez, dudaba. 

Caminó sin apenas descanso, con la presencia fiel de la Estrella Solitaria. Un atardecer tuvo una visión. Soñó con un ciervo al pie de un haya de poderoso tronco, que la miraba. Cuando despertó vio un rastro entre la maleza, en dirección al sur, y decidió cambiar el rumbo. Volvió a sonar su voz, esta vez como una fiera.

«¿Cuánto tiempo más?», bramó.

Tiempo, palabra nueva de magnitud desconocida.

Hubo días y días de lluvia incesante en los que Deva permaneció a cobijo. Sólo salía para buscar algo que comer. Encontró unas pocas nueces y algunas hierbas que le bastaron hasta que la lluvia pasó, pues apenas se movía. Los animales también se habían resguardado. Y ella se estremecía cuando los truenos venían a clamar a la boca de su guarida. A menudo, la lluvia caía torrencial; después, se convertía en un agua muy fina, o pausada y gruesa, como si el cielo estuviera cobrando fuerzas para arremeter de nuevo, lo que no tardaba en suceder.

Cuando reanudó la marcha, los pies se le hundían en el suelo mullido o anegado y a cada paso subía el olor a tierra mojada. Su avance quedaba dificultado en ocasiones por un árbol derribado y tenía que abrirse camino cortando el ramaje. En algunas zonas el terreno le impedía continuar y se veía obligada a desviar su ruta, pero en cuanto podía enfocaba de nuevo en dirección al sur. Al mirar la Estrella Solitaria la veía más distante que nunca, sus destellos le traían el recuerdo del lugar al que no pensaba volver. Durante las semanas que siguieron conoció el desaliento.

Un atardecer, Deva se quedó acurrucada junto a una roca áspera como su desesperación, dormida. La despertó un ciervo de gran cabeza, muy cerca de su cara. Según se incorporaba, el ciervo salió huyendo. Deva echó a correr tras él. Pronto lo perdió de vista, pero no por eso dejó de perseguir su rastro. Corría sin parar, empujada por su propio aliento. Y aceleró aún más el galope cuando vio que la arboleda empezaba a clarear.

Frenó su carrera al toparse de lleno con el mar abierto bajo el cielo azul. En el mar, como un pequeño sol en el espacio, había una barca y en la barca, un hombre que pescaba. A sus pies empezaba una pendiente escarpada que la llevaría hasta la ribera.

Escribí este cuento en 2001. Al revisarlo y corregirlo ahora (2024), veo en él una historia sobre la lucha para salir del aislamiento narcisista.

Fotografia: Benjamín Pío. Playa deAsturias.

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