Hace tiempo, me preguntaba por qué mi empeño en desarrollar una disciplina en la práctica de la meditación. Entonces, básicamente, me resultaba una práctica ardua, pesada, pues hacía aflorar con más intensidad todos los tics mentales y las tensiones físicas que me agobiaban a diario.
Mi intención era conseguir una mayor calma mental y mejor concentración. Además, me tentaba encontrar ese fondo claro y estable de la mente sobre el que oía hablar y que yo tenía tantas esperanzas de que existiera como dudas de que fuera cierto.
En esa búsqueda, fui pasando por diversos enfoques de meditación y por períodos en los que meditaba de forma más o menos constante, o inconstante.
Hace bastantes meses, empecé a seguir meditaciones guiadas. Al poco, de forma natural, sentí que nacía en mí la necesidad de acallar todos los elementos externos y me puse a hacer también meditación vipassana. Ahora compagino ambos métodos, con especial dedicación a la vipassana, a la que no falto ningún día.
Encuentro que cuando la meditación es guiada o ayudada por una escucha musical o la recitación de mantras es algo más fácil no distraerse y que se dé un efecto apaciguador. Para mí es como un bálsamo, y lo necesito. Por el contrario, la vipassana, en la que uno trabaja a pelo con su mente y su cuerpo, me resulta más difícil, pues me encuentro con menos apoyos y me descentro con facilidad. No obstante, por esto mismo me interesa su práctica. Esta forma desnuda de meditar me permite ver con mayor claridad cómo funciona mi mente y cultivar una actitud paciente y estoica.
Y así, en diferentes meditaciones compruebo que el miedo o la ansiedad disminuyen mucho o desaparecen cuando, una y otra vez, dejo todo pensamiento y vuelvo a centrar mi atención en el presente, en el punto de salida del aire, debajo de la nariz. Conseguir algún resultado suele llevarme casi todo mi tiempo de meditación; pero no importa, después de todo esto es un buen entrenamiento de la actitud de adecuada. A veces tengo la sensación de estar domando un caballo salvaje.
A la mente le sienta bien cierta permisividad. No se puede apaciguar esta mente nuestra tan volátil y ávida de control imponiéndole mano dura, porque entonces se rebela. Lo que sí podemos hacer es introducir en nuestro ámbito psíquico esa fuerza suave y firme que es nuestra atención.
Una cosa es dejar la mente abandonada a sus desvaríos; otra, el polo opuesto, es cortarla en seco cuando se distrae; y otra, la vía intermedia, es traerla de vuelta de forma amable y firme a la respiración. En el primer caso, la mente nos arrastra con ella, eso cuando no cabalga sobre nosotros y, si la censuramos, estamos añadiendo tensión a una mente tensa.
Sólo la vía intermedia es efectiva, pues es ecuánime. Esta ecuanimidad es una cualidad necesaria para calmar las aguas y ver con claridad lo que hay en nuestro interior.
Meditar se ha convertido para mí en una necesidad. El tiempo que dedico a la meditación es un tiempo en el que, mejor o peor, estoy conmigo. Aún con todo el ruido mental, encuentro un silencio y un descanso, aunque sea por breves intervalos. Esto es algo sin lo que ya no quiero estar.
Por lo demás, sé que el cultivo diario de la meditación contribuye de forma importante a un mayor autoconocimiento y una mente más estable. Y ahora no dudo de que esta práctica constante me permita descubrir esa mente profunda y clara, no condicionada, vibrante, verdadero centro del Ser.
Inés Martínez (diciembre 2024)
